Cambio de coche

-Buenos días.
-Hola- dijo sin mirar, mientras levantaba su trasero explorando sus bolsillos.
-Su billete, por favor- dijo protocolariamente mientras perdía la mirada al fondo del vagón.
Se lo entregó al interventor, mirando fijamente sus dedos mientras estos recogían el cartoné. Uno más, pensarían sus yemas.
-Disculpe señor, se tendrá que cambiar de coche. El suyo está al final del tren.
Por primera vez, sus miradas se cruzaron, pero el encuentro fue tan leve que no podrían reconocerse si se cruzaran por la calle.
-¿Cómo dice?- mientras su cuerpo volvía al asiento por completo. Jamás acomodarse resultó tan incómodo.
-Su coche está al final del tren. Su asiento está vendido y será ocupado en la próxima parada. Si es tan amable, le acompañaré al suyo. Coja sus cosas del guardaequipaje- mientras el revisor echaba prácticamente a andar repasando mentalmente las contadas veces que había tenido que decir algo así.
-No me muevo de aquí- espetó, sin ningún atisbo de movimiento.
Detuvo el pasó y frenó su movimiento. Primero se giró para cerciorarse de quien había dicho eso realmente. El mismo. Otro más, de hecho. No había nada que le hiciera especial entre el resto de los pasajeros, salvo esa negativa. 

Fue él quien soltó un -¿Cómo dice?- tan frágil que no convenció a ningún pasajero colindante. Nadie se lo creería si hubiera contradicho al interventor. Quedó patente la falta de costumbre ante tal hecho.
-Y la culpa de todo la tienen ustedes- dijo, tomando aire para proseguir una réplica que ni en los asientos de pasillo ni los de ventana, esperaban.
-Ni esto es un guardaequipajes ni llevo algo parecido. Lo de aquí arriba es mi chaqueta y no me acompaña en los viajes. Ni hablar de guardaequipajes. Es una balda. Una leja grande y larga. Los bolsillos del tren. La gran maleta compartida. Un armario entubado si quiere, pero no lo llame guardaequipajes. Sea honesto. Dejé mi chaqueta ahí y nadie veló por ella, ni siquiera usted, que debería ser el máximo responsable a lo largo del tren, pero ya veo que ni siquiera es capaz de serlo a lo ancho. ¿En qué momento tengo la certeza de que mi chaqueta está ahí a buen recaudo? ¿cuándo he podido viajar tranquilo sin alzar mi vista hacia la transparente plataforma? Si aún me garantizaran cierta seguridad para cualquiera de mis enseres, pero mire, ni siquiera me atrevo a viajar con anorak para resguardarme de las sorpresas del destino, sino que lo hago con una chaqueta, como si nada importara al llegar. Siéntase dichoso por intentar hacerme cambiar del coche B al coche V, hágalo. Pero piense entonces en lo que haré cuando pise mi andén y me dirija a sus superiores. Recapacite sobre mis palabras y trate de entender cómo las digerirán- dijo ante la atónita mirada de los pasajeros que no pudieron sino mirar hacia arriba para comprobar que seguían viajando con sus bultos.
-Atención señores viajeros. Llegando a la próxima estación- sonó, esta vez, a lo ancho del tren, mientras el revisor movía levemente su cuerpo facilitando el tráfico de maletas mientras observaba la pose, fría y ajena, de ese señor.
Un pitido irrumpió sobre todos ellos concluyendo con el cierre de las puertas, dando paso a una relativa vuelta a la calma mientras los pasajeros iban tomando asiento.
-Disculpe, está sentado en mi asiento- dijo un señor mientras se quitaba su chaqueta.