Pisé el tren demasiado pronto. Tanto que tuvo que hacerse de día para darme cuenta que viajaba solo en aquel vagón. Parada tras parada, seguía siendo el único protagonista de un coche que el resto de viajeros usaban únicamente como pasillo. El alivio estomacal a un coche de distancia. Curiosa reflexión al recordar que tu padre siempre te obligaba a visitar la taza antes de viajar.
Casi sin darme cuenta, el tren se detuvo. Y mi mirada también, a través del cristal, en busca de coherencia ante las idas y venidas de maletas sobre el adoquín del andén.
Algo me tocó y desvió mi atención. Giré la mirada pero ya era tarde. El tejido favorito de mi abuelo había inundado todo mi campo de visión. Repelí el acoso textil y ahí le vi a él. Ni sentado ni de pie, invadiendo con su chaqueta mi campamento vital mientras destrozaba conceptos como delicadeza, educación o empatía.
Colgó la chaqueta en un pequeño gancho, quedando la prenda como un poncho sobre mi cuerpo. Flanqueado, hice ademán de indicarle dónde tenía que clavar su bandera para confirmar la conquista y, de paso, acabar esta inesperada batalla.
Se sentó de una y la catenaria ordenó que el viaje siguiera su curso.
-Buenos días- dijo mirando al frente de forma firme sin parar de mover el resto del cuerpo. Temía una segunda invasión pero me cercioré pronto que no pasaría de guerra civil. Sin dejar de mirarle, confirmé que era tan ajeno a mi como al resto de mortales.
Un -hola- entrecortado salió de mi boca en busca de réplica. El hola más famélico que haya podido articular. Pero no hubo réplica. Él seguía a lo suyo y poco a poco finalizaba algo que parecía toda una rutina. De una mochila a sus pies manaba una cantidad ingente de libros y libretas. Toda una cornucopia griega con auriculares de regalo.
Cuando hubo colocado sus enseres, tomó uno de los libros y lo ojeó. Rápidamente, con alguna curiosa pausa, pero llegando a la otra tapa. Lo cerró y tomó otro. Así hasta acabar con una primera torre. Que en esas hojas hubieran imágenes, letras o estuvieran vacías era lo de menos.
Durante estos minutos de conversación no verbal, lo vi claro. Dudaba si sería más recta la raya de su peinado o la educación recibida. Quizás tenía a mi vera a un auténtico crooner reflotando alguna trend como buen early adopter. En este caso, lo podría comprobar más tarde en su Tumblr. Puede ser que fuera hijo de libreros y cuidara cada encuadernación como si los agentes secretos Kindle siguieran sus pasos. O todo un ejercicio de arquitectura humana, diáfano y vacío por dentro, pero con una fachada dinámica, funcional y versatil; de esos que almuerzan todos los días en FNAC pero sólo compran del 1 al 5 de cada mes.
Fuera lo que fuera, dejé de mirarle y saqué un libro. Evadirme de mi acompañante en otro viaje era el mejor atajo para finalizar el trayecto.
No pasé del primer párrafo cuando sus dedos interrumpieron la página impar y me arrebató mi lectura, poniéndola ante sus ojos en la misma página en la que estaba. La acabó en segundos y la trajo de vuelta a mis manos, las cuales todavía estaban haciendo la pinza.
-¿Podría haberme pedido permiso, no?- le dije sobresaltado.
-Mis padres me dijeron que todo lo que he de saber, lo aprendería de los libros. Y así lo hago. Una gran obra la suya, por cierto. La tengo por aquí- me contestó mirando al frente y eligiendo, casi al azar, su siguiente lectura.
Mi acompañante encajaba perfectamente en cualquiera de las teorías que había pergeñado en mi cabeza. Es imposible que alguien tan cuadrado comprenda la más amplia de las curvaturas retóricas, pero por esos ángulos rectos han debido de pasar las letras más variopintas, pensaba.
-Interesante planteamiento el de sus padres. Permítame una pregunta, ¿cuál fue el primer libro que leyó en su vida?- al tiempo que cogía al toro por los cuernos.
Tajante, como si esperara esa pregunta, respondió: -"Osmosis (fácil) para tu día a día"- al tiempo que seguía mirando al frente y tanteaba con sus manos una víctima a la que volver a matar.
Respiré tranquilo y me relajé. Ójala y algún día, alguien a bordo use un diccionario cerca de él. Que sea pronto, aunque me autoconvencía de que era ya demasiado tarde. Será la única vía de escape racional para acariciar otros lomos.