Compañeros de viaje

Durante muchas mañanas fuiste el primero en darme los buenos días. Ahí, frente a mi. Bajaba a tu nivel y comenzaba la jornada.

Siempre fuiste el tejido favorito del interventor, que pasaba a mi lado con la misma seguridad con la que un camarero dice -lo de siempre-.

¿Recuerdas cuántas veces te ocuparon sin mi consentimiento? Sé que endurecías y acababan por cambiarse, excusándose en que se el sentido inverso de la marcha les mareaba.

Todos menos aquel tímido niño que contaba, tarde tras tarde, sus problemas en la escuela.

¿Cómo puede alguien hacer mofa de un apellido? El nombre nunca es suficiente. Y Kortajarena era un filón.

A saber qué será de él ahora.

Agradéceme que no abra la boca y te convierta en lugar de culto para féminas. Tengo mi orgullo, ¿sabes?

Perdona. Pero, acostumbrado a despedirme, nunca supe hacerlo bien. El abrazo, la palmadita o el beso. No es sencillo elegir y saber qué impresión has dejado. Cercanía y frialdad a una palmada de distancia.

El interventor pegará esta nota debajo de ti. Yo no me atrevo. Así se lo hice saber cuando le llamé hace dos madrugadas.

Espero que me entiendas, cientodoce pasillo.

Pensaré en ti cuando alguien se siente frente a mi, cuando parezca que te soy infiel a media distancia.


Sentado y tuyo.
Yo.